Sociedad y derechos· Crónica· Sudeste Asiático

Serie Indonesia a fondo · Parte 1 de 2

10 horas en Yakarta

Hoy, el éxtasis del mochilero recién despegado me ha regalado dos nuevas amistades, Tommy y Yussef. Oriundos de Sumatra, ambos llevaban fuera de su país dos años enrolados en un barco mercante viajando entre continentes sin pisar puerto.

Juan Martín de la Puerta · 10 SEPT 2026 · 8 min de lecturaYakarta · Indonesia
Fotografía de Yakarta · Indonesia

Hoy, el éxtasis del mochilero recién despegado me ha regalado dos nuevas amistades, Tommy y Yussef. Oriundos de Sumatra, ambos llevaban fuera de su país dos años enrolados en un barco mercante viajando entre continentes sin pisar puerto. El vuelo Montevideo-Madrid es el primero que cogen en sus vidas, y el Madrid-Doha el segundo. Es en este donde nos conocemos. Con ellos recibo el primer choque de realidad, ya no estoy en mi casa con mi gente, mis ojos se vuelven a abrir y mis orejas a agudizarse para comprender que el mundo no es solo lo que conocemos en nuestro día a día.

Aterrizamos en Yakarta con unas cuantas horas de viaje a nuestras espaldas. Atrás había quedado el orden de una Europa sobreprotegida con nubes de algodón. La capital indonesia es la ciudad más poblada del mundo, con casi 42 millones de almas viviendo en su núcleo urbano. Es como si el 90% de los nacionalizados españoles viviésemos en una misma ciudad. Para mí es una de esas cifras que no logro comprender del todo.

Salimos del aeropuerto y como buenos indonesios, lo primero que hacen mis nuevos amigos es comprar tabaco y fumar como si no existiese el mañana. El viaje en avión les había hecho descuidar el hábito, ya enquistado en ellos, de fumarse alguna que otra cajetilla cada día, y no lo pueden resistir. Tommy me invita a un agua de coco, y rápidamente veo cómo se van sintiendo más cómodos en su país. Lo que hace unas horas eran dos almas en pena por la inmensidad del aeropuerto de Doha, ahora eran dos hombres ansiosos por volver a su normalidad. ¿Será que la paciencia es una virtud de los habitantes de países más desarrollados? ¿Por qué ellos no la entrenan y nosotros sí?

Tommy pide un Uber y nos metemos los tres recién llegados. Mi noción del espacio y del tiempo se ha distorsionado hasta el punto de que no sé ni a dónde vamos, ni qué hora es. Cierto es que ninguna de las dos cosas me importa, estoy en una ciudad que nunca antes había conocido con tres completos desconocidos, yendo no se sabe a dónde. Rápidamente empiezo a recordar lo que había conocido en mis viajes por Asia, ciudades donde el humo y el claxon de las motos se enredaban en un caos encantador. Ciudades sin aceras, con personas viviendo al borde de las autopistas, personas con la piel deteriorada, cojas de una pierna y con los pies negros de suciedad. Hombres y mujeres enfermos no se sabe de qué, deambulan no se sabe a dónde en la inmensidad de los rascacielos del centro de Yakarta.

Nuestra idea era ir a cenar gado-gado, nasi goreng o mie goreng, y como todavía no tenía el callo asiático, esperaba un restaurante de mala muerte, pero un restaurante de algún tipo. Cuando paramos en una salida de la autopista en el primer puesto que vendía comida, me di cuenta de que no iba a ser como me lo había imaginado. El rito de comer es diferente en cada país, para un indonesio por ejemplo, cualquier hora del día es buena para alimentarse, no son esclavos de unos horarios establecidos. Si se puede comer, se come, da igual el sitio, un cuenco de arroz siempre es bienvenido. Supongo que las personas con escasez de recursos entienden cada oportunidad de llevarse algo a la boca como una buena oportunidad, pero quizás es solo mi visión europeísta de un burgués acomodado.

Nos sentamos en un sitio roído por la suciedad, negro por el paso del tiempo y el humo de las motos. En mi interior empiezan a saltar las alarmas. ¿Me había pasado de listo acudiendo a esa cena (por llamarla de alguna manera)? Ya me veía los próximos días pegado a la taza de un váter de hostal sufriendo de algún tipo de condición del estómago. Con esta situación, y aceptando mi destino, pedí una pata de pollo y un ice tea. Mis acompañantes, incluido el taxista que nos había llevado hasta ahí, lejos de entrar en mis paranoias, disfrutaban de su libertad y de volver a hablar en su idioma con los paisanos que nos íbamos cruzando por aquella autopista. Comimos con las manos, pues era más higiénico que utilizar los cubiertos que ofrecía aquel lugar.

Ahora pienso, qué relativa es la sensación de peligro, y cuántas veces me habré preocupado por cosas sin importancia, sin embargo, en el momento es difícil no ser presa de las alarmas que saltan en tu cabeza. Rápidamente empiezo a hacer acto de conciencia y me doy cuenta de que no sé dónde estoy, no tengo teléfono ni dinero y las personas que acabo de conocer ya hace un rato que han dejado de chapurrear el inglés que habían practicado conmigo para discutir en un perfecto bahasa. No tardo en enterarme de que terminada su cena, planeaban ir a un hotel a pasar la noche, y juzgando por sus risas y sus interacciones me doy cuenta de que hotel no era la palabra adecuada para describir a dónde iban. Como no podría ser de otra manera, quedo invitado a la gesta, que de manera muy educada decido declinar.

Ya con todos los de la mesa sabiendo de qué iba la situación, me empiezan a enseñar fotos de las chicas con las que iban a pasar aquella noche y lejos de sentir asco o vergüenza, intento salir de mis construcciones socio-culturales para intentar meterme en el por qué esas personas se comportaban de aquella manera. Con el poso generado de esta interacción no puedo evitar comparar su manera de actuar con el mundo occidental. Levantamos la cabeza cuando hablamos de los avances en prostitución y derechos de las prostitutas, pero, ¿no es este en occidente un tema enterrado y tabú que pasa igual que en Asia? Viajando he conocido a muchos hombres que me hablaban de prostitutas y he conocido a prostitutas tratando con esos hombres. En aquel momento experimenté, una vez más, el deseo del hombre, que preso por su intrínseca condición, sexualiza a la mujer como nada más que eso, un medio para conseguir desahogar sus necesidades.

En aquel momento, sentado en un taburete de plástico al borde de una autopista perdida en Yakarta, pienso en todo menos en esto. Llevo media pata de pollo de dudosa procedencia y me doy cuenta de que no tengo cómo volver al aeropuerto. Ahora sí, me pongo en alerta y empiezo a negociar con el taxista mi vuelta a la terminal 3, a pesar de que mi vuelo no vaya a salir en las próximas 6 horas. Él, con cara piadosa, decide ayudarme y fijamos un precio para que de camino al burdel, me dejase donde yo quería.

Llego de vuelta a la Terminal 3 del aeropuerto de Yakarta. Son las 3am, ahora sí, estoy preparado para Indonesia.

Cómo citar este artículo

Martín de la Puerta, J. (2026, 10 de septiembre). 10 horas en Yakarta. Juan por el Mundo. https://juanporelmundo.online/articulos/10-horas-en-yakarta

Serie · Indonesia a fondo

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