Turismo y territorio· Crónica· Sudeste Asiático

Serie Indonesia a fondo · Parte 2 de 2

Las palmeras en Bali ya no tienen cocos

Las palmeras en Bali ya no tienen cocos, llevan años nutriendo a los turistas que hace tiempo conquistaron la isla. Las nuevas cafeterías se amontonan sobre gimnasios y restaurantes de cheesburgers, hasta los warungs son de algún occidental que hace años llegó a la isla y no se fue. Hace tiempo que los balineses emigraron a rincones más remotos de la isla o a otras islas, pues hace tiempo que la mayor parte de lo que una vez fue su hogar ya no les pertenece.

Juan Martín de la Puerta · 3 NOV 2026 · 6 min de lecturaBali · Indonesia
Fotografía de Bali · Indonesia

Las palmeras en Bali ya no tienen cocos, llevan años nutriendo a los turistas que hace tiempo conquistaron la isla. Las nuevas cafeterías se amontonan sobre gimnasios y restaurantes de cheesburgers, hasta los warungs son de algún occidental que hace años llegó a la isla y no se fue. Hace tiempo que los balineses emigraron a rincones más remotos de la isla o a otras islas, pues hace tiempo que la mayor parte de lo que una vez fue su hogar ya no les pertenece.

La primera vez que aterricé en Bali, mi ilusión por conocer la isla solo era comparable con mis ganas de surfear las olas perfectas que había visto en las fotos y vídeos. Nada más llegar, conseguí negociar el precio de mi primera tabla, que alquilé por cien mil rupias indonesias y dos horas en el agua; me fui contento y equivocado de haber conseguido un buen trato, y me abalancé directo al agua. Entonces no tenía tanta experiencia en ese tipo de situaciones, y todavía no había surfeado en lugares con más de cien surfistas en el agua. Aquel día no cogí ninguna ola. Salí del agua frustrado por la cantidad de surfistas que había en el agua, me sequé con una toalla vieja y conduje mi moto hasta mi hostal. Lo que eran unos pocos kilómetros de trayecto, se convertía siempre en minutos y minutos de atascos infernales, con motos y coches apelotonados en carreteras de carriles de doble sentido. Mi capacidad de conducir en entornos caóticos era buena tras varios meses en Asia, pero sin duda las calles de Canguu, Kuta o Semignak pusieron a prueba la experiencia que había construido. A día de hoy siguen siendo las que peor circulación tienen de donde he conducido en todo el mundo.

Han pasado tres años desde aquellos 10 días infernales en el paraíso isleño, y no he deseado volver ni un solo minuto de todo este tiempo. Hoy sin embargo me veo obligado a hacerlo para coger un vuelo a Fiji.

Aquí nada ha cambiado, y si lo ha hecho ha sido a peor. Una sensación de desesperanza se apodera de mí cuando miro a través de la furgoneta que nos lleva desde el puerto de Padang hasta Senggigi. Mi predisposición negativa al volver a experimentar lo que Bali tiene que ofrecerme tampoco ayuda para la segunda impresión que ha de generarme. Cae la noche sobre las calles estrechas del barrio de Kuta, y entre pitidos y frenazos vamos sorteando a los turistas que se abalanzan a los bares a beber Bintangs en algún beach club.

La pandemia fue un hito que reafirmó la imagen de la isla como uno de los destinos más populares para los que trabajan en remoto. Después de 2020, miles de migrantes llegaron para empezar una nueva vida en lo que parecía la tierra prometida. Los trabajos en remoto estaban despuntando gracias al virus global y un nuevo gremio de jóvenes y adultos de mediana edad se estaba forjando. Era el boom de los nómadas digitales.

Han pasado ya seis años desde el 2020, y tres desde que yo fuí por primera vez. Esta vez, mi desencanto con lo que recordaba me hizo reservar un pequeño hostalillo de tercera en una calle escondida de Uluwatu. Mi objetivo era introducirme lo menos posible en las abarrotadas carreteras del sur de la isla. En general en el sudeste asiático no existen aceras, los transeúntes han de ir sorteando las motos mal aparcadas en las entradas de los negocios que bordean las carreteras, lo cual no es nada cómodo con la avalancha de motos que están en circulación constantemente. Lo único que recuerdo diferente de hace unos años es que ahora los turistas llevan casco conduciendo. Supongo que el altísimo número de accidentes que ocurren cada día les ha hecho replantearse su seguridad conduciendo.

En el sur de la isla, la mayoría de los negocios que hay, se cuidan estéticamente de puertas para dentro. De buenas a primeras, muchos de ellos no te llaman la atención desde fuera, están construidos para ser bonitos desde dentro. Mi lectura es que en las carreteras hay tantas motos, tanto ruido y tanta basura, que uno no quiere estar tomándose un café contemplando semejante caos. Caos es una palabra que no me cansaré de utilizar para describir lo que siente uno cuando llega a Bali, sin embargo, es un caos muy diferente a cualquier otra ciudad grande asiática, donde también se podría utilizar este calificativo. Bali es caótico porque ha crecido de manera desmesurada, sin control y en tiempo récord. Al final, sigue siendo una isla, y las limitaciones geográficas son las que son. En las calles, los cables de la luz cuelgan al descubierto en barrios que hace solamente un par de años eran campos de arroz. Donde hacía cinco años vivía una familia de balineses, hoy una constructora construye su quinto bloque de villas en el barrio. Todo va a una velocidad vertiginosa, a mi por lo menos me da que pensar, ¿que será de todas estas construcciones dentro de 10 años? ¿y dentro de 30 o 50? Me da la sensación de que nadie está pensando en el largo plazo. Ni siquiera en el medio plazo, todo es ya, el mañana no existe. Y ya no hablemos del impacto ecológico de tantas construcciones. Todos sabemos que el mundo se ha construido talando árboles y destruyendo playas desiertas, sin embargo, verlo en primera persona y ver como se hace tan rápido y con tan poca conciencia es algo devastador.

Me da rabia cuando vuelvo a España y la gente me pregunta por Bali con los ojos como chiribitas, como pensando que es el paraíso en la tierra. Quizás una vez lo fue, pero hoy, se está más cerca del infierno que de donde la gente que no ha estado lo sitúa en sus ilusiones. Quizás el impacto de las redes sociales ha influenciado mucho la imagen que el mundo tiene de la isla, quizás simplemente se ha corrido la voz y las palabras “Bali” y “paraíso” han estado juntas en demasiadas conversaciones.

Bali es una isla sin ley, donde todo vale. Australianos, rusos y occidentales se agolpan en todos los rincones del sur de la isla para huir de las realidades que arrastran desde sus casas. Lo que una vez fue el sueño mochilero, y la ilusión de millones de surfistas por todo el mundo, hoy se ha convertido en una pesadilla. Por lo menos esa es mi opinión.

Lo que más rabia me da es volver a casa después de casi dos meses en Indonesia, y que la gente me pregunte ¿qué tal en Bali? Algo se enciende dentro de mí, y no lo puedo evitar. Indonesia es un país formado por 17.000 islas, en cada una se habla un idioma diferente, se adoran a dioses diferentes, hay diferentes climas, diferentes etnias, etc… y sin embargo, todas las personas que me han preguntado a mi vuelta me han preguntado por Bali, asumiendo que es ahí donde había estado. Indonesia a ojos del mundo está formado por una sola isla, Bali. Debería ser Bali, el país.

Cómo citar este artículo

Martín de la Puerta, J. (2026, 4 de noviembre). Las palmeras en Bali ya no tienen cocos. Juan por el Mundo. https://juanporelmundo.online/articulos/las-palmeras-en-bali-ya-no-tienen-cocos

Serie · Indonesia a fondo

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